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Artículos

El Gallo Bolo
Por: Carlos Cogoro Ventura

 

 
 
Remembranzas sobre el Gallo “Bolo”
 
Cuando púber, visitaba con frecuencia a Teodolfo y Walter en una loma, dentro de la Escuela Pedagógica de la Cantuta, hoy Universidad. Eran vecinos de Apolonio, quien dentro de su crianza, prefería los “Bolos”; si eran negros Casilí, mejor. Aunque no era imprescindible. Mientras veíamos la pollada suelta y los gallos en traba, ocasionalmente conversábamos. Observé que la cantidad de “Bolos” dentro de las nidadas tendían a ser la mitad, en cruces con “cola larga”. Pude inducir años después, la dominancia “Bolo” sobre el ave con cola; e inclusive entre machos, observé que la proporción podía ser ½; mientras en las hembras puede ser mayor “2/3 a ¾”, entre hermanas enteras. Me parece que la correlación “Bolo” con otras características en tipo y estilo de pelea, es baja. Excepto por la presencia de la rabadilla completa, en mitad, variantes, o ausencia total que generan un “Bolo” a medias o “cola tuerta” con una pluma de cola, dos, tres, mitad de plumas caudales hacia un lado, hacia el otro o en desorden. Son fallas en la rabadilla que generan la conformación hacia los “Bolos” con distintas formas de cola, incluidos los folículos de implante para las plumas. La rabadilla, está compuesta por seis vértebras, que millones de años atrás, tal vez formaron una cola de reptil con mayor número de ellas y de mayor tamaño. Seis coccígeas forman la cola, como una pirámide de tres lados. Excepto la primera vértebra inmóvil, las siguientes tienen libre movimiento. Luego, músculo, grasa y piel con folículos donde nace, crecen e insertan largas plumas que ayudan a dirigir el vuelo como timón. Se elevan, caen, giran las aves, en diversas posiciones y contrapesos en vuelo y piso, especialmente durante la pelea. La presencia del “Bolo” dentro de un criadero, quiebra el orden y armonía de manera casi irreverente en un cordel homogéneo. Efecto similar, logra el color de pluma “moro” (barreado) u otro color de gallo, o un tipo diferente, o por conformación; como es el efecto inverso de un gallo débil aunque vistoso, que también atrae, o por el estilo de pelea durante los topes. El efecto que causa, debe ser discreto, armonioso y sugerente: “no te pases de largo” o “aquí estoy”, “no te distraigas”, “no generalices”; cuando la homogeneidad se vuelve algo monótona donde exista buena distribución de casillas. Lo produce también el “carioco” de pelea, el “papujo”, o el “moñón”, aunque frecuentemente con excesos. Un “chusco”, puede ser fastidioso, irreverente y hasta intolerante, generando malestar e impaciencia su presencia, pues quiebra la armonía del galpón, al desmerecer la calidad de las aves de combate en el conjunto. Los contrastes en la vida, nos recuerdan la creación como diferenciación.
Apolonio, era introvertido, parco, un ermitaño de pueblo. Era un gran criador de gallos, aunque mal jugador. Disfrutaba su solitaria compañía, viéndolos y compartiendo su espacio, mientras laboraba en el pequeño taller de carpintero, parte de su casa. Observador, tenía muy buena “pupila” al calificar y elegir reproductores y casi no jugaba gallos. A su entender, no era lo más grato. Mal entendido, recibía con frecuencia un natural cargamontón. Apolonio no era egoísta; simplemente no estaba dispuesto a deshacerse fácilmente de sus obras maestras con los que compartía la vida cotidiana que aumentaban en tamaño y cantidad. Tiempo después, se mudó de barrio hacia el asentamiento humano “La Cantuta”, detrás de la Papelera Peruana. Un Domingo por la mañana, entre “topes” y “chelas” avanzada la reunión, llegó el estribillo esperado del grupo: “anda llama a Apolonio que tiene un “Bolo” recontra bueno”. Para variar llegó Apolonio con su gallo en gesto entre mortificado y valiente, luego del cuarto llamado, al tocar la puerta de su casa. “que sólo tope”, “que está con gallina”, “que los cachos están planos”, “que no”, “que con vendas”, “que a pata limpia”, “que vamos a ver pues es mi padrillo”. Entre el reto recargado de uno, el fastidio del otro, sueltan el “credito” del grupo, al “prieto” de Apolonio, quien en breve lo recogió entre sus manos, ya “el crédito” estaba “seco”, con lamentos y todo. Apolonio se retiró una vez más, tan rápido como llegó.
No recuerdo que diera postura correcta a algún gallo para coliseo. Estoy casi seguro que llevarlo a la gallera, era una fuerza contra su voluntad; pero antes que todo, por deber, debía probar en el ruedo al futuro padrillo para conquistar el sitial de privilegio, demostrando calidad a toda prueba y compartir plenos, cientos de horas en la carpintería. “Que traes los gallos a pasear”, “que porqué no lo cotejas”, “que me da cólera”. Depende del cristal con que se mire la afición, no por ello deja de ser apasionante. Lo que me queda claro, es que cuando obsequió alguna de sus aves, él mismo escogía alguna que consideraba.
Don Manolo, fue de las primeras amistades y guías dentro de la afición a gallos en La Molina; al tiempo me ofrece recogiera de su criadero tres o cuatro pollos en edad para encasillar. Llegué acompañado y cometí el error de elegir dos o tres más de la cuenta; entre ellos, un “Bolo Malatobo” cobrizo, probablemente hijo del gallo de Cesteros por “Bola” norteña; era “cotejero” para la época, con cerca de 5 libras. En el coliseo 3 Amigos de San Fernando, presencié su primera pelea contra el gallo de Lucho Urbina en la mejor época; un Ajiseco jugado. El “Bolo” bien puesto, más tirador y con espuela, resuelve la pelea rápido en 7 u 8 minutos. Lucho, se saca el clavo en la misma tarde con el “Soles al bolsillo”, gallo jugado, también Ajiseco; pelea de un solo lado, con movimiento, tirador y “harta espuela”: Lo comparó en su peso al “Pitrimitri”, gallo legendario de 7 libras.
Semanas después, la segunda pelea del “Bolo”, entra igual y domina con espuela; pero se quedó por postura y exceso de confianza. Levantado después de recibir castigo de un solo lado, casi en el mismo tiempo que en la primera pelea; no daba más.
Juana, sirvió con honestidad y esfuerzo a mis padres y mi hermano menor como su mama. Fue ama de llaves y era como parte de la familia. Ya mayor, convinieron en retirarse; llevó gracias, muebles, pertenencias e indemnizaciones. Días antes me pidió si podría obsequiarle una gallinita sin cola, a lo cual inmediatamente accedí. Escogí una pollona “Bola” color negro “Casilí”, cara negra, ojos pardo negruzcos, pata negra, hija de gallina obsequiada por Apolonio. Dentro de mi joven ocurrencia, la metí dentro de una pequeña cómoda bajo llave, pensando facilitar el transporte. Resultó que la cuarta madrugada, empezó a moverse con violencia y la viejita María hermana de Juana, pensó temerosa que dentro del mueble estaban “penando”, con todo lo anecdótico que representó aquellos minutos hasta atreverse a abrir y ver, que sólo era una “Bola” de Apolonio.
No conozco criador dedicado sólo a los “Bolos”, aunque conozco quien empleó esta variedad como emblema, por muchos años como Andrés Lancho de Nazca o Luis García en Lurín, quienes con el valor de la experiencia, confirman la calidad por separado cuando sus “Bolos” han definido finales en campeonatos grandes, con la misma eficacia y calidad que esperaban de ellos, por confianza. Aficionados expertos y acuciosos confirman que la postura debe ser impecable. De lo contrario, es frecuente que caigan muy mal al no tener la cola como paracaídas. El esfuerzo de sostén en las patas es mayor, igual el empuje y tracción en el piquero. En el navajero, demoran en girar y dar la vuelta, por ausencia de timón y contrapeso. Expongo, algunas finas observaciones de Andrés, resumen de muchos años: “Vi jugar a Pedro Cabrera una vez, un gallito “francucho” (“bolucho”) hace como 40 años en Hualcara y le metió una tanda a Mariano Ramos, de siete al hilo. Era imposible ganarle a ellos con el “Picaflor” y demás. Me encantó el pleito de los “Bolos”. Mi Papá también tuvo “Bolos”; mi familia es gallera. Igual que el “chino” Sam, era extraordinario criador. Los “chinos” son criadores acuciosos. A parte de técnicos, son genetistas pues hacen lo que no hacemos el resto, que no identificamos: “este gallo bota gallinas buenas”, “este gallo tiene aire”, “que tal”, buscan las características y buscan remontarse a los ancestros y van fijando características y van fijando cruces, con algo en común y cruces que no tienen nada en común pero reúnen y van saliendo. Cuando obtuve un gallito cubano y crucé con chileno, que dicho sea de paso me dio Ricardo Salazar. cruzados con “Bolo”, cuando entran, lo hacen con una vivacidad tremenda y se elevan en forma vertical. Por lo general el “Bolo” debe tener doble vuelo; al menos los míos. Entran y dan y cuando ven que el otro cede, lo hacen con más vivacidad. Debe ser su naturaleza, que pueden elevarse más. Por eso, “Bolo” que no le veo doble vuelo, automáticamente lo juego en una “chusquita” y los muchachos me dicen, “pero porqué si el gallo es bueno”; y es que lo vi demasiado agresivo abajo. Un “Bolo” que entra abajo, no tiene cola en la cual pueda sostenerse para poder meter su pata; y estaría perdiendo. Se posesionan a la misma altura. Sin timón, no tienen sobre qué sentarse, porque la cola sirve también para impulsarlo hacia arriba. El gallo en cámara lenta, ves como abre la cola así, y parece que se sentara en ella y de ahí dispara la pata; ¿no te das cuanta?. Si al momento que pega, debe estar arriba. En el “Bolo”, el timón es su cuerpo. Por muy terciado que sea, cuando pone la navaja, es porque entran bien con la pata adelante y al meterla y lanzarla, la mueven con todo el cuerpo. Lo hacen con el impulso que le da el cuerpo; potencian a mi manera de ver, como un boxeador que al pegar, se impulsa con todo el cuerpo. Con las alas se mantienen, giran todo el cuerpo. Utilizan el cuerpo obligatoriamente. Si no tiene ese doble ritmo, si no trepa, no vale la pena; entonces prefiero criar con cola”.
 
Pachacamac, 15 de Noviembre del 2006.
 
 
Carlos Cogorno Ventura


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